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lunes, 25 de junio de 2012

Artículo de Opinión: Una herida profunda a la democracia.


Por Liliana M. Brezzo *

Cuando se divulgó la noticia del inminente juicio político al presidente Fernando Lugo llamé por teléfono a uno de los intelectuales más reconocidos en Paraguay para preguntarle su parecer sobre el desenlace de la crisis política. Me dijo: “En mi opinión, Lugo dejará de ser presidente mañana por la tarde, no precisamente por malo (lo es) sino porque nunca ha tenido mayoría en el congreso... Entiendo que, desde hacía tiempo, se tenía la mayoría parlamentaria necesaria para el juicio, pero los parlamentarios no querían asumir la responsabilidad política. Es una lástima, porque lo que viene no será mejor”. Conociendo su inclinación al escepticismo, no me convencí del todo. El viernes, en horas de la tarde, el presidente Fernando Lugo fue destituido por el Congreso por 39 votos condenatorios contra 6 absolutorios.

Mientras leía los correos que me iban llegando de colegas y amigos paraguayos vinieron a mi memoria dos circunstancias que pude presenciar en el país vecino. La primera fue cuando el 15 de agosto de 2008 tomó posesión de su cargo de presidente. Lugo, obispo católico, suspendido a divinis y líder de la Alianza Patriótica para el Cambio, había sido democráticamente elegido el 20 de abril ese año. Se descontaba que hacer de Paraguay un país más justo y menos desigual no iba a resultar una tarea para nada fácil. Entre mil prioridades tenía que llevar a cabo una reforma agraria y enfrentarse a los poderosos latifundistas, consolidar el régimen democrático que dejó atrás definitivamente la hegemonía política del Partido Colorado asociada al régimen dictatorial encabezado por Alfredo Stroessner (1954-1989) y renegociar los acuerdos sobre la represa hidroeléctrica de Itaipú para conquistar la soberanía energética. Sólo mediante avances efectivos en esos ejes, el Paraguay podría entrar en una nueva era.

La segunda circunstancia que vino a mi memoria fue la reciente algarabía que rodeó los festejos, en 2011, del bicentenario de la independencia de Paraguay. Precisamente, en el acto inaugural de las celebraciones, el presidente Lugo hizo explícito el compromiso del gobierno con el aniversario a través de un discurso en el que el Bicentenario aparecía como un momento crucial para la “construcción de un nuevo Paraguay”, un “proyecto de país que pretende reconquistar su dignidad” y diseñar el futuro compartido, acabando con los síntomas de “sometimiento, pobreza, miseria y ausencia de conciencia crítica”. En esa trama se proponía al año 2011 no como una conmemoración ritual, centrada en la exaltación de los hechos y de los protagonistas considerados nucleares para el nacimiento de la nueva nación, sino, al igual que en otros casos latinoamericanos, como un espacio para legitimar un proyecto político. Todo eso aparece hoy diluido.

Aun cuando la semana pasada, al conocerse los dolorosos acontecimientos ocurridos en Curuguaty como resultado del enfrentamiento entre campesinos y la policía, se coincidía en que se diseñaba un escenario político delicado, nadie presagiaba que con tanta celeridad se produciría la destitución de un presidente, por primera vez en la historia paraguaya. Paraguay se enfrenta a una coyuntura histórica que violenta su institucionalidad democrática. En un país en el que han prevalecido, desde comienzos del siglo XIX hasta finales del XX, sistemas políticos autoritarios, no es Fernando Lugo el que hoy ha recibido un golpe sino, nuevamente, la historia paraguaya; su democracia, la que ha sido herida profundamente.
* Conicet-Idehesi-IH. Es una de las principales historiadoras argentinas sobre el Paraguay; escribió, entre otros libros, La Argentina y el Paraguay e Historia de las Relaciones Internacionales del Paraguay.

sábado, 23 de junio de 2012

ENTRETELONES DE UN GOLPE INSTITUCIONAL


El juicio político al presidente paraguayo Fernando Lugo y su destitución, concretada ayer por el Senado, es la culminación de una operación de desgaste que el Partido Colorado, el más poderoso de Paraguay y al que perteneciera el ex dictador (1954-1989) Alfredo Stroessner (1912-2006), inició el mismo día en que el ex obispo asumió el poder democráticamente, el 28 de abril de 2008. Con el 93 por ciento de popularidad acumulada como referente social de las organizaciones campesinas, Lugo había logrado el 40,82 por ciento de los votos en las elecciones presidenciales, encabezando una heterogénea Alianza Patriótica para el Cambio (APC), cuya principal fuerza era el Partido Radical Liberal Auténtico (PRLA), al que pertenece el vicepresidente Federico Franco, quien ahora asumirá el mandato presidencial hasta abril del año próximo, cuando se realicen las elecciones que ya estaban fijadas desde el año anterior.
Más allá de que el enfrentamiento entre campesinos y policías ocurrido la semana pasada en Curuguaty (al nordeste del país), con un saldo de once campesinos y seis policías muertos, haya sido utilizado como argumento para el juicio político contra Lugo, vale recordar que la operación desgaste ya había incluido la amenaza del juicio político en 23 ocasiones anteriores y por los más diversos motivos. La mayoría de estas maniobras fueron propiciadas por el propio vicepresidente Franco, apartado políticamente de Lugo poco después de iniciado el mandato presidencial. Cuentan los allegados al ex obispo que sabiendo que contaba con los votos propios más los del Partido Colorado, en varias ocasiones el vice Franco fue hasta la sede del gobierno para amenazar a Lugo e intentar extorsionarlo con la amenaza del juicio político, con la única finalidad de obtener réditos para sí. Franco siempre quiso ser presidente y si no lo logró antes es porque los colorados no quisieron prestarse a la maniobra. Esto último no por ética ni por respeto a Lugo, sino porque tenían su propia estrategia de desgaste.
Precisamente, ésta es una de las incógnitas que se plantean frente a la repentina destitución forzada ahora. ¿Por qué el Partido Colorado cambió su estrategia habilitando el juicio político a menos de diez meses de prevista la elección presidencial en la que su candidato, el terrateniente y empresario sojero Horacio Cartes, aparece posicionado como seguro triunfador? Algunas fuentes en Paraguay indican que los colorados, muchos de los cuales poseen grandes extensiones de tierra, tuvieron temor de que los campesinos sin tierra, que vieron frustradas sus aspiraciones de una reforma agraria que Lugo prometió y nunca cumplió, avanzaran en la ocupación de territorios antes de la salida de la presidencia del ex obispo. En esa hipótesis, el enfrentamiento en Curuguaty (en la hacienda de Blas Riquelme, un terrateniente ligado al Partido Colorado) bien podría haber sido provocado para desatar el proceso de juicio político que culminó ayer con la destitución del presidente. En la transición, Franco será un presidente muy débil, sin apoyo popular y rehén de los colorados, sus principales opositores, que cuentan con mayoría parlamentaria.
La gestión de Lugo estuvo siempre atravesada por dificultades y trabas que, en primer lugar, provenían de la heterogénea fuerza que lo llevó al gobierno. Cada iniciativa lanzada desde el Ejecutivo fue sistemáticamente bloqueada en el Congreso con mayoría colorada y muchas veces con la complicidad de los propios legisladores supuestamente oficialistas. Propuestas como la reforma de salud o acerca de las radios comunitarias no pudieron sortear esa valla. Pero lo mismo ocurrió con las leyes de presupuesto o con la designación de embajadores propuestos por Lugo y que no lograron acuerdo legislativo. Por otra parte, el presidente destituido nunca contó con el aparato del Estado por ineficiente y corrupto, por una parte, y porque los colorados siguieron controlando las llaves y los resortes que se ocuparon de instalar durante sesenta años. Algunas investigaciones periodísticas anotan que el 30 por ciento de los funcionarios “de carrera” del Estado paraguayo expresa claramente su alineamiento con el Partido Colorado y todos ellos siguieron en funciones durante el período de Lugo.
Sin llegar a ser una justificación, lo anterior puede incluirse entre las explicaciones de por qué la mayoría de las promesas de campaña de Lugo no llegaron a concretarse. El gobierno de Lugo careció de gestión eficaz. El presidente se rodeó primero de colaboradores fieles aunque sin experiencia de gestión de gobierno y cuando esos hombres se fueron desgastando echó mano a dirigentes políticos de las fuerzas tradicionales, que no le garantizaron coherencia con sus propuestas de cambio social. Para ejemplo basta la última designación, de Rubén Candia, dirigente colorado y ex ministro de Nicanor Duarte Frutos (2003-08), como ministro del Interior, después de la matanza de Curuguaty. Por este camino, Lugo perdió también el apoyo de los movimientos sociales que lo impulsaron y que hoy se lamentan de su destitución, pero que carecen de capacidad política para enfrentar la maniobra institucional.
Y aquí está el otro frente a considerar. Si bien la APC, que llevó al gobierno a Lugo, fue una coalición débil y construida en torno de la figura carismática del ex obispo, todo hacía suponer que con Lugo en la presidencia, uno de los objetivos debería haber sido construir y consolidar una fuerza política propia cuya base más importante fueran los movimientos sociales y campesinos con más energía y perspectivas para el cambio. Tampoco esto ocurrió y eso permite la escena de casi soledad con la que Lugo llega al eclipse de su mandato.
Quizás hubo ingenuidad o impericia política en Lugo y sus colaboradores. La misma que hoy demuestran al expresar su sorpresa frente al golpe institucional. “No lo esperábamos, no estábamos preparados”, confían en voz baja y admiten que por esa misma razón no pudieron organizar la resistencia con movilizaciones masivas de campesinos hacia Asunción. Lugo dice que resistirá “desde algún lugar”. Mientras tanto, tristemente, una vez más, Paraguay queda a merced del Partido Colorado, que fue sostén del dictador Alfredo Stroessner.
 Por Washington Uranga para pagina12.com.ar