Cristina Fernández no sólo es
hija de una madre que fue siempre peronista; por su parte militó desde su
juventud en las organizaciones estudiantiles del peronismo platense. Ello le
valió un mes de cárcel en Río Gallegos poco antes de la dictadura, cuando Néstor,
ella y una pareja amiga fueron apresados, separados entre sí y confinados a
comisarías locales.
El peronismo de la Presidenta no sólo es
historia, sino también ejercicio y acto; no en vano ella reestatizó los fondos
de las AFJP y ahora expropia acciones de YPF, devolviendo al pueblo argentino
algunas liturgias que le fueron caras en la década de 1945 a 1955.
Por cierto que el kirchnerismo ha
impuesto un matiz propio a su clara raíz peronista: derechos humanos, la no
represión de la protesta social, derechos de reconocimiento como los atendidos
en la ley de matrimonio igualitario. Son otras épocas, han pasado muchas cosas
en el país, se vivió la dictadura más atroz de nuestra historia. Pero la matriz
peronista es indeleble en la línea política del kirchnerismo; ¿o acaso alguien
puede creer que este fenómeno político pudo haber surgido de otra tradición política
argentina? Eso es totalmente impensable.
Es cierto: el peronismo de Néstor
Kirchner y de Cristina ha incluido nuevos actores y aliados, sobre todo
provenientes de los movimientos sociales y de partidarios de la izquierda. Y ha
dejado un pequeño núcleo peronista residual a su derecha, el cual –al estar
pegado al duhaldismo cuando no al macrismo– tiene enormes dificultades para
encontrar algún margen de legitimidad social que se asocie a la historia de
lucha que caracteriza al movimiento.
A diferencia de esos sectores, el
kirchnerismo es claramente peronista; sobre todo por su capacidad de decisión,
y por haberse enfrentado al establishment de esta época, produciendo
exactamente el tipo de odios y rechazos que para los sectores liberales y
conservadores produjera Perón en su momento. Es que de eso se trató
históricamente el peronismo: una identidad del pueblo, de los de abajo, de los
trabajadores y de quienes se identifican con ellos.
Por supuesto que el kirchnerismo
es peronismo “y algo más”. Sin dudas que reúne y convoca genuinamente a
sectores sociales que provienen de otras matrices políticas, lo cual es tan
coherente como lo fue para Perón el conjuntar dirigentes que provenían desde el
conservadurismo católico hasta el socialismo.
Ahora bien, hay quienes pretenden
despojar al kirchnerismo de su impronta peronista, para ver qué del peronismo
pudieran rescatar para sí. Un caso paradigmático es el de De Narváez, un
empresario sin historia de militancia alguna, pero que bien supo asociarse a
los propietarios agrarios en el año 2008 para obtener un efímero triunfo para
diputado en provincia de Buenos Aires en 2009. Dos años después, es un triunfo
que a nadie ya importaba. De Narváez no tiene convocatoria peronista, y sus
votos del 2009 fueron fruto exclusivo de la avalancha mediática destituyente
que surgió a partir del conflicto del Gobierno con la patronal rural.
Ahora, De Narváez dice que espera
a Scioli para que éste deje el kirchnerismo. Lo hace imaginando que hay un
peronismo activo y convocante fuera del que conduce Cristina. Pero si bien hay
jóvenes seguidores de la
Presidenta , ésta también ha otorgado beneficios sensibles a
los trabajadores y a los pobres territorializados en villas y barriadas.
Cristina ha mostrado –y lo hace intermediada por diversas organizaciones
sociales– que tiene llegada en los sectores sociales populares de la Argentina profunda.
Se quedará esperando De Narváez,
seguramente. Porque Scioli, que nunca se ha mostrado apresurado, sabe que sacar
los pies del plato podría salirle caro. Es alguien que ha funcionado bien
dentro del dispositivo general del kirchnerismo, pero que no tiene posibilidad
de conducir a éste en su conjunto, pues no representa el centro ideológico del
dispositivo general, como proponía Perón. Pero si tiene algún destino como
dirigente peronista, él sabe que lo tiene dentro del kirchnerismo: salir de
allí es ir a habitar el desierto. Y por más que la derecha argentina –bastante
desilusionada por la impotencia de Macri– le haga toda clase de cantos de
sirena, Scioli sabe que su posibilidad histórica tendrá que jugarla dentro del
kirchnerismo, o intentando alguna modalidad de identificación simbólica con él.
Es que allí está el peronismo que
importa, el ampliamente mayoritario. Y sería absurdo dejar de ser parte del
mismo para desgajarse hacia las minorías en momentos en que, además, el timón
del Estado nacional –espacio desde donde el peronismo hizo su primera y
principal construcción histórica– está en manos de Cristina Fernández de
Kirchner.
Por Roberto Follari:
Doctor en Filosofía, profesor de la Universidad Nacional
de Cuyo.
