viernes, 18 de mayo de 2012

ARTICULO DE INTERÉS: La resignificación de nuestra identidad.

Por Alfredo Mason - Reseñas y Debates (http://www.ryd.org.ar/)
En los últimos tiempos se generó una discusión que vincula a los intelectuales, los periodistas y el llamado mundo de la cultura, siendo –posiblemente– la gran cuestión del Bicentenario. El eje de la misma es la disputa por el sentido que posee el discurso que nombra la realidad, otorgándole un sentido. La importancia del tema en cuestión la expresa Leopoldo Marechal, cuando en Didáctica de la Patria dice: “al recibir un nombre, se recibe un destino”. Y de eso se trata el objeto en disputa, de encontrar la concordancia entre el nombre y el destino que los argentinos podemos construir si nos miramos a y desde nosotros mismos. 

Aníbal Ford cuenta una anécdota protagonizada por el Coronel Manuel Olascoaga, durante la Campaña del Desierto (1879), la cual ejemplifica aquello a lo que estamos haciendo referencia: cuando el militar ve a un científico alemán tomar rigurosas notas de aquellos elementos que los mapuches van dejando en el camino de regreso a Chile, no se opone a ello, pero afirma que “antes de que vaya a interpretarla a su modo y que nos la espete en alguna edición francesa que venga a servir de texto de historia y geografía en nuestros colegios, voy a explicarla yo”. No hay en esa actitud una negación a “los otros”, pero sí una afirmación de la necesidad de conocer nuestra identidad desde nosotros mismos.
Allí hay una batalla donde aparecen tres momentos claves: la institucionalización de una política de Estado de Derechos Humanos, la reinstalación de la política en el escenario público, y la celebración del Bicentenario. Es en ese contexto que se debate acerca de los medios como instrumentos generadores de contenidos y sentidos hegemónicos.

¿Por qué batalla?

Porque hay un enemigo que nombra y pretende dar un sentido a las acciones y a los hechos que expresan la voluntad de factores de poder, que según nuestra propia experiencia histórica siempre se han enfrentado a los intereses populares. Siguiendo a Carl Schmitt, sostenemos que lo que caracteriza a un “enemigo” es su condición de “público”; es aquel que los griegos llamaban (ostis-hostis) porque se relacionaban hostilmente en publicus o sea, que enfrentaban al populus. En nuestra lengua castellana, refiere a quienes específicamente son denominados como enemigo –donde el antagonismo es total–, y no adversarios con quienes se puede poseer una discrepancia circunstancial. Y es una batalla cultural, porque esa es el arma de los pueblos, como lo señala Mario Benedetti cuando sostiene en su poema El sur también existe: “aquí abajo, abajo / cerca de las raíces / es donde la memoria / ningún recuerdo omite / y hay quienes se desmueren / y hay quienes se desviven”. En otros términos –menos poéticos–, ese es el lugar de resignificación.


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